No se adónde voy

No se adónde voy y no vengo de ningún sitio digno de mención.

El presente escapa raudo al pisar el acelerador y el futuro está detrás de una curva infinita que no deja atisbar lo que esconde, más allá de unos pocos metros; a veces ni eso.

El pasado viaja de copiloto junto a mí. Un pasajero pintado en sepia, mudo, polvoriento y desastrado, parece un cadaver viviente.

Su cuerpo estático ni siquiera se tambalea en los baches del camino, su rostro vuelto hacía mí poseé una mirada reprobatoria, acusadora, despectiva.

He intentado deshacerme de mi incómodo pasajero en innumerables ocasiones, pero, por algún motivo que desconozco, no lo he conseguido.

Sus ropas, algo ajadas y de aspecto arenoso, me recuerdan otros tiempos en los que yo las llevaba. Ahora, viéndolas en esa esfinge pétrea e imperturbable me hacen sentir ridículo y desvalido.

Aún creo recordar como era cuando me ceñía la camisa que ahora rodea ese torso pálido y macilento. Si cierro los ojos puedo ver lo que sentía; fuerza y una agradable ignorancia.

La correa huele a veranos dispares, calor, humedad, lecturas y sueño.

Los zapatos en cambio sólo traen a mi mente errores inconcebibles, dolor y lágrimas. Abro los ojos de golpe intentando relegar la vergüenza al fondo de mi mente. La deshonra resulta en verdad atroz.

Se que no puedo deshacerme de mi viajero, pero hay tantas equivocaciones en él, tantos fallos cometidos, que no puedo evitar odiarle miserablemente, y, al hacerlo, la curva se transforma, mudando ante mis ojos, transfigurándose en algo peligroso, una elipse más larga, más cerrada, más cruel.

Ahora mismo vivo en una circunferencia maldita. No se como enderezar el camino, no conozco la manera de trocar parábolas en rectas. No consigo identificar las señales.

Sigo conduciendo en piloto automático, mientras me conjuro para no volver a mirar a mi derecha. Para no ver lo que he sido, soy, fuí . . . nunca más.