El Abismo

Llevo años caminando junto al Abismo.

Cada día, desde hace mucho tiempo, me despierto en una cabaña casi derruida por el viento, aparto la única y deshilachada manta que me protege algo del frio y me calzo unas ridículas botas texanas.

Las botas han perdido todo el color, estan raspadas por mil y un sitios y la suela es tan delgada que siento todas y cada una de las tablas del suelo. Aún así son mis botas, las unicas que tengo, las únicas que siempre he tenido. Ellas reflejan toda una vida de esfuerzo inutil, como mi piel.

Hace tiempo que dejé de mirarme al espejo, no me gustaba lo que veía, y una mañana lo rompi en pedazos, sin furia, sin odio, sólo un desapasionado momento de destrucción. Algunos pedazos se hincaron en mi piel, en la piel de mis botas. Ahí siguen, tantos años después; clavados tan hondo que ningún artesano podría enmendar sus heridas.

Inspiro hondo y salgo sin mirar en derredor.

El paisaje que me rodea no ha cambiado hace eones. La hierba sigue marchita y baja, el viento rudo e insistente, las nubes que anuncian tormenta y se mueven burlándose de mi mientras me recuerdan que yo no voy a ningún sitio. Si hubiera algún arbol me recostaría unos instantes antes de empezar a caminar, pero no lo hay, nada consigue sobrevivir aquí.

Levanto la mirada lentamente sólo unos centímetros y ahí está él, como cada día desde hace ocho lustros.

Me acerco al vasto acantilado y miro hacia abajo, una caida desmedida que acaba en puntiagudas rocas batidas por el mar. Una mañana más me siento tentado. Una día más lo pospongo, diciendo que no ganará, no dejaré que se alce con la victoria.

No obstante he de reconocerlo, mi voz se hace más queda cada otoño que pasa.

Con un parpadeo miro hacia el polvoriento sendero que mis pies han ido formando año tras año y me encamino a el. Es poco más que una estrecha franja de tierra arenosa que discurre en paralelo al pavoroso acantilado, a sólo unos centímetros del borde.

Lentamente empiezo a caminar, me duelen los huesos y los tacones de mis botas protestan como todas las mañanas. Ando con la mirada desafiante puesta en algún punto del cielo. dentro de unas horas, miraré al suelo y, cuando no pueda resistirlo más miraré al abismo.

Él me devolverá la mirada, vacia, fria, quizás expectante, siempre vacua.

A partir de ese momento, como cada día, perderé durante unas horas el sentido de la realidad, mis pies timonearan mi cuerpo y cuando vuelva en mí la tarde estará ya muy avanzada. El acantilado que por la mañana estaba a mi izquierda ahora se encontrará a mi diestra, y yo suplicaré por llegar a mi destartalada cabaña, me arrastraré hasta el catre y me taparé con la maltrecha manta mientras mi mente reniega de mi existencia.

Hoy ha pasado algo. Algo diferente, casi imperceptible, apenas ha durado un minuto. A veces un minuto basta. Hay ocasiones en que es suficiente una plegaria dicha en sesenta segundos.

Hoy me he parado. Simplemente he dejado de caminar. Nunca antes lo había hecho. A lo lejos podía divisar la casucha esperándome, llamándome sin voz, atándome a un destino que no me pertenece.

¿Cuantos mundos caben en una veloz vuelta del segundero?

No lo se, y probablemente no lo sepa nunca, pero este decorado al que he estado atado tanto tiempo ya no funciona.No volveré más allí, pienso llevar conmigo lo verdaderamente importante.

En cuanto al abismo, le he dado un regalo para que se olvide de mí.

La noche ha caido, y yo me siento bien. A lo lejos, justo en dirección opuesta al acantilado, atisbo el inicio de un bosque lleno de vegetación, abundante de vida.

Sonrío y noto como mis pies descalzos corren hacia allí.